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CUANDO CREEMOS QUE A NOSOTROS NO NOS VA A PASAR

A NOSOTROS NO NOS VA A PASAR

El pequeño autoengaño que nos hace sentir invulnerables

Hay una frase que todos hemos dicho alguna vez.

“A mí no me va a pasar”.

Aparece cuando alguien habla de un accidente de tránsito, de una adicción, de una estafa digital o de una enfermedad. Siempre parece haber una pequeña voz interior que nos tranquiliza con la misma idea:

eso le ocurre a otros, no a mí.

Desde la psicología, este fenómeno tiene nombre: optimismo irreal.

Y aunque puede parecer una forma saludable de pensar, también puede convertirse en una trampa.

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El optimismo irreal: cuando creemos que somos la excepción

Los psicólogos llaman optimismo irreal a la tendencia a pensar que las cosas negativas tienen más probabilidades de ocurrirle a los demás que a uno mismo.

En otras palabras: creemos que somos menos vulnerables que el promedio.

Este fenómeno aparece en situaciones muy distintas:

• conductores que creen que nunca tendrán un accidente
• personas que subestiman los riesgos del consumo de sustancias
• usuarios que piensan que jamás caerán en una estafa digital
• jugadores que creen que siempre podrán controlar las apuestas

En todos esos casos aparece el mismo mecanismo mental: la sensación de que uno está fuera de la estadística.

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Por qué el cerebro necesita creer eso

A primera vista podría parecer un simple error de pensamiento. Pero en realidad cumple una función psicológica.

Los seres humanos necesitamos sentir que tenemos cierto control sobre nuestra vida. Si viviéramos pensando constantemente en todos los riesgos posibles —accidentes, enfermedades, pérdidas— probablemente la ansiedad sería mucho mayor.

El optimismo irreal funciona entonces como una especie de amortiguador psicológico.

Nos ayuda a seguir adelante sin paralizarnos frente a la incertidumbre.

El problema aparece cuando esa protección se transforma en negación del riesgo.

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Cuando el optimismo se vuelve peligroso

Creer que algo malo “no nos va a pasar” puede llevar a decisiones muy poco prudentes.

Por ejemplo:

• manejar mirando el celular
• minimizar los riesgos del consumo de sustancias
• apostar dinero creyendo que siempre podremos detenernos
• ignorar síntomas de una enfermedad
• no tomar medidas de seguridad básicas

En todos esos casos aparece el mismo fenómeno: un pequeño autoengaño tranquilizador.

El problema no es el optimismo en sí.

El problema aparece cuando el optimismo se transforma en una forma de ignorar la realidad.

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El parentesco con el pensamiento mágico

A veces este tipo de razonamiento se parece mucho a lo que en psicología se llama pensamiento mágico.

El pensamiento mágico consiste en creer que nuestras acciones, intuiciones o “suerte personal” pueden influir en la realidad más de lo que realmente ocurre.

Por ejemplo:

• creer que tenemos un “sistema” para ganar en el juego
• confiar demasiado en la propia intuición
• pensar que ciertas cosas malas solo les pasan a otros

En el fondo aparece siempre la misma idea: sentir que las reglas que afectan a los demás no se aplican a nosotros.

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El sesgo que está detrás de muchas conductas de riesgo

Este mecanismo psicológico aparece en muchas situaciones cotidianas.

Por ejemplo:

• jóvenes que subestiman el riesgo del consumo problemático
• apostadores que creen que “pueden recuperar lo perdido”
• personas que confían demasiado en su capacidad para controlar situaciones peligrosas

En todos esos casos aparece la misma ilusión psicológica:

la sensación de que nuestro control es mayor de lo que realmente es.

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Optimismo sí, pero con un poco de realidad

La psicología no dice que el optimismo sea algo negativo.

De hecho, las personas optimistas suelen mostrar mayor resiliencia, motivación y bienestar.

Pero existe una diferencia importante entre dos tipos de optimismo.

Optimismo ingenuo
cree que todo saldrá bien ignorando los riesgos.

Optimismo realista
reconoce los riesgos, pero aun así decide actuar con esperanza.

El primero niega la realidad.

El segundo aprende a convivir con ella.

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Un pequeño recordatorio contra el “a mí no me pasa”

Tal vez la forma más simple de equilibrar este sesgo sea recordar algo bastante sencillo:

las cosas malas no les ocurren solo a otros.

Nos pueden ocurrir a todos.

Aceptar esto no significa vivir con miedo ni esperar siempre lo peor.

Significa algo mucho más útil: tomar decisiones un poco más prudentes.

Porque, después de todo, el objetivo no es vivir pensando que todo va a salir mal.

El objetivo es algo mucho más razonable:

vivir sabiendo que la suerte también necesita un poco de prudencia.

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Idea clave

El pensamiento “a mí no me va a pasar” es un sesgo psicológico bastante común. Nos ayuda a sentirnos más seguros frente a la incertidumbre, pero también puede llevarnos a subestimar riesgos reales. Recordar que todos podemos atravesar situaciones difíciles no es pesimismo: es una forma simple de tomar decisiones más prudentes.

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